sábado, 4 de julio de 2009



A veces da julepe abrir los ojos, porque por ahí los abrís y ves todo patas

para arriba. Y eso es lo que en verdad da miedo, los cambios. Como un

chico que juega a las escondidas tapándose los ojitos, creyendo que así no

lo ven, uno a veces cierra los ojos como si así fueran a desaparecer los

problemas. Como si muerto el cartero, fueran a desaparecer las cartas

fuleras. Uno se hace el perro que tumbó la olla, como si el dolor que

siente no existiera. Uno detesta y ama a esa persona o a ese espejo que te

canta las cuarenta. Uno detesta y ama a quien abre tus ojos.

Abrir los ojos tiene gusto a membrillo con queso: es agridulce. Por un

lado, como que se pierde la magia, pero por el otro... se sale del engaño.

A veces lo que tenemos que ver es tan horrible, que preferimos hacer la

vista gorda y cerrar la tranquera, y vivir en una cajita de cristal. Y otras

veces la burbuja se pincha, y no queda otra que abrir los ojos y mirar lo

que no queremos ver. El corazón se nos estruja y nos quedamos sin aire,

ahogados.

Duele abrir los ojos. Es como salir de la oscuridad, que la luz te

enceguece. Ojos que no ven, corazón que no siente. Mejor mirar para

otro lado, dicen. Meter la cabeza en la tierra como hace el avestruz.

Pero para que algo cambie hay que romper la burbuja, hay que salir de

la cajita de cristal. Abrir los ojos y animarse a ver, aunque lo que haya

para ver nos estruje el corazón.


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